Sonreír en tiempos duros: el acto más revolucionario de una microbióloga
Published on HivePostify by @camelia28 · Wed Aug 12 2026
Publicado en Español, Inglés y Portugués.
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Buenas noches y dulces sueños.
Soy microbióloga. Amo mi trabajo con la misma intensidad con la que una planta busca la luz. Vivo en un país donde la inflación no solo devora el bolsillo, devora la esperanza, la alegría, la certeza de que mañana habrá un plato de comida en la mesa.
Las caminatas son largas porque el transporte público es escaso y el privado te roe la economía. Cada paso se vuelve un cálculo que condena tu cordura pregunta tras pregunta ¿cuánta energía gasto? ¿cuántas calorías quemo? ¿vale la pena caminar veinte cuadras para comprar alimentos un poco más baratos? La respuesta siempre es sí, porque el hambre no negocia y la dignidad tampoco.
Cuando llego a casa, el cuerpo pesa, como decimos aquí "llego desbaratada". Las piernas duelen, la mente repasa la lista de prioridades como la comida, las medicinas que escasean, los zapatos que ya piden relevo. Pero antes de dormir salgo al balcón y miro mis plantas. Algunas están ya viejitas. Otras, desafiantes, han sacado un nuevo brote. Y entonces, sin que yo decida, la sonrisa aparece.
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Mi sonrisa no es ingenua. No ignoro la realidad. Es una sonrisa que ha aprendido a respirar lento para no agotar el oxígeno. Mi sonrisa sabe que el contexto es adverso, pero no se rinde.
En el laboratorio, mis cultivos de microorganismos son mis cómplices silenciosos. Crecen en placas de Petri, ajenos a la crisis, fieles a sus ciclos biológicos. Son patógenos, algunos de ellos. Pero a mis ojos, son vida que persiste, permanentes recordatorios de que la naturaleza no entiende de inflación ni de devaluación. La naturaleza sigue su curso. Y yo, con mi bata blanca y mi microscopio, soy testigo de ese milagro cotidiano.
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Entonces sonrío. Sonrío a mis bacterias, al paciente que llega con miedo y necesita un gesto cálido antes que un diagnóstico. Sonrío al aire fresco de la mañana, aunque el día prometa ser duro, al amanecer, porque el sol sigue saliendo aunque el país se desmorone. Sonrío a un bebé hermoso en el transporte público, a algo gracioso que alguien dice, a una flor que se abre entre el cemento.
Y me pregunto: ¿qué es esta sonrisa que no puedo reprimir?
Creo que es un efecto paliativo natural, como el analgésico en un paciente terminal, no cura la enfermedad, pero hace que el tránsito sea menos cruel. Sonreír reduce mi cortisol, libera endorfinas, me recuerda que mi sistema nervioso aún puede regularse. Es pura biología aplicada a la supervivencia.
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Pero también tiene su matiz filosófico. Es la decisión consciente de no dejar que el entorno me robe la capacidad de asombro. Porque si permito que la precariedad me opaque los ojos, entonces el sistema habrá ganado. Y yo me niego, no por orgullo, sino por instinto de vida. Es una forma de revelarse.
La resiliencia no es aguantar estoicamente. No es ponerse una armadura y fingir que no duele. Para mí, es encontrar un retoño en medio del cemento o tal vez permitirme sentir el dolor sin dejar de ver la belleza. Es saber que la vida, aunque precaria, sigue siendo vida.
¿Qué me sostiene? Las microdosis de alegría que se cuelan entre las grietas del día, los brotes nuevo en mis plantas, el crecimiento de mis cultivos, esa sonrisa de un paciente o el sol de la mañana. Puede ser la llamada de mi familia, aunque sea breve o también gesto amable de un desconocido.
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No sé si todo esto me cura. Pero me hace soportable. Y a veces, que algo sea soportable se convierte en un triunfo.
Hoy, como cada día, elegiré sonreír. No porque todo esté bien. Sino porque aún hay razones para hacerlo. Y porque esa sonrisa, pequeña y frágil, es el único territorio que la crisis no ha logrado invadir.
Soy una microbióloga que aprende a sonreírle a la vida, aunque ella no siempre sonría de vuelta.
Aquí tienes las traducciones al inglés y al portugués. He mantenido tu voz, tu cadencia y la profundidad de tu mensaje.
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🇬🇧 ENGLISH
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I am a microbiologist. I love my work with the same intensity with which a plant seeks the light. I live in a country where inflation doesn't just devour your wallet—it devours hope, joy, and the certainty that tomorrow there will be a plate of food on the table.
The walks are long because public transportation is scarce, and private transport eats away at your economy. Each step becomes a calculation that torments your sanity, question after question: how much energy am I spending? How many calories am I burning? Is it worth walking twenty blocks to buy food that's a little cheaper? The answer is always yes, because hunger doesn't negotiate, and neither does dignity.
When I get home, my body weighs heavy—as we say here, "I arrive wrecked." My legs ache, my mind runs through the list of priorities: food, the medicines that are increasingly scarce, the shoes that are already begging for replacement. But before sleeping, I step out onto the balcony and look at my plants. Some are already old and tired. Others, defiant, have put out a new shoot. And then, without me deciding it, the smile appears.
My smile is not naive. I do not ignore reality. It is a smile that has learned to breathe slowly so as not to run out of oxygen. My smile knows that the context is adverse, but it does not give up.
In the laboratory, my microorganism cultures are my silent accomplices. They grow in Petri dishes, untouched by the crisis, faithful to their biological cycles. Some of them are pathogens. But to my eyes, they are life that persists, permanent reminders that nature does not understand inflation or devaluation. Nature follows its course. And I, in my white coat and with my microscope, am a witness to that daily miracle.
And so I smile. I smile at my bacteria, at the patient who arrives frightened and needs a warm gesture before a diagnosis. I smile at the fresh morning air, even though the day promises to be harsh, at the sunrise, because the sun still rises even as the country crumbles. I smile at a beautiful baby on public transport, at something funny someone says, at a flower that opens through the cement.
And I ask myself: what is this smile that I cannot suppress?
I believe it is a natural palliative effect, like a painkiller for a terminally ill patient—it doesn't cure the disease, but it makes the journey less cruel. Smiling reduces my cortisol, releases endorphins, reminds me that my nervous system can still regulate itself. It is pure biology applied to survival.
But it also has its philosophical nuance. It is the conscious decision not to let the environment rob me of my capacity for wonder. Because if I allow precarity to cloud my eyes, then the system will have won. And I refuse—not out of pride, but out of instinct for life. It is a form of rebellion.
Resilience is not about enduring stoically. It is not about putting on armor and pretending it doesn't hurt. For me, it is about finding a new shoot in the middle of the concrete, or perhaps allowing myself to feel the pain without ceasing to see the beauty. It is knowing that life, even when precarious, is still life.
What sustains me? The micro-doses of joy that slip through the cracks of the day: the new sprouts on my plants, the growth of my cultures, a patient's smile, or the morning sun. It could be a call from my family, even if brief, or a kind gesture from a stranger.
I don't know if all of this cures me. But it makes things bearable. And sometimes, that something is bearable becomes a triumph.
Today, as every day, I will choose to smile. Not because everything is fine. But because there are still reasons to do so. And because that smile, small and fragile, is the only territory that the crisis has not managed to invade.
I am a microbiologist learning to smile at life, even when it doesn't always smile back.
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🇧🇷 PORTUGUÊS
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Sou microbiologista. Amo meu trabalho com a mesma intensidade com que uma planta busca a luz. Vivo em um país onde a inflação não só devora o bolso, mas devora a esperança, a alegria, a certeza de que amanhã haverá um prato de comida na mesa.
As caminhadas são longas porque o transporte público é escasso e o privado rói a economia. Cada passo vira um cálculo que condena a sanidade, pergunta após pergunta: quanta energia estou gastando? Quantas calorias estou queimando? Vale a pena andar vinte quarteirões para comprar alimentos um pouco mais baratos? A resposta é sempre sim, porque a fome não negocia e a dignidade também não.
Quando chego em casa, o corpo pesa—como dizemos aqui, "chego despedaçada". As pernas doem, a mente repassa a lista de prioridades: a comida, os medicamentos que estão cada vez mais escassos, os sapatos que já pedem substituição. Mas antes de dormir, vou até a varanda e olho minhas plantas. Algumas já estão velhinhas. Outras, desafiadoras, soltaram um novo broto. E então, sem que eu decida, o sorriso aparece.
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