Mi refugio el running
Published on HivePostify by @gabi.iaselli · Sun Jul 19 2026
Hay semanas en las que siento que el tiempo avanza más lento que de costumbre. Como si los procesos se hubieran quedado suspendidos, como si las cosas estuvieran esperando el momento indicado para volver a moverse. El trabajo está, gracias a Dios, pero el dinero no fluye con la misma velocidad. Hay proyectos, hay esfuerzo, hay ganas, pero también hay silencios que desesperan. No sé si será la energía, los cierres de ciclo o simplemente la vida recordándome que no todo depende de mí.
Desde el terremoto siento que algo se quebró, literalmente. No solo edificios o calles; también cambió mi manera de ver muchas cosas. Hay un antes y un después. Y, en medio de todo eso, confirmé una vez más que mi refugio sigue siendo el mismo: correr.
Esta semana también fue de retos. En el gimnasio decidí salir de mi zona de confort y aumentar el peso con el que entreno. Es curioso cómo algo tan simple termina siendo un recordatorio de que crecer casi siempre implica incomodidad. Me gustaría que muchas cosas sucedieran más rápido, que los resultados llegaran antes, pero estoy aprendiendo a respetar los procesos.
El sábado fui a la montaña. Tocaban tres rutas y elegí la intermedia: 16 kilómetros por Cortafuego. Hubo momentos en los que corría rápido y otros en los que simplemente dejaba que el cuerpo marcara el ritmo. Más que un entrenamiento, fue una conversación conmigo misma. Cada subida, cada bajada y cada respiración fueron una forma de drenar todo lo que llevo en la cabeza y en el corazón.
Esa misma noche acompañé a una amiga a llevar donaciones hacia La Guaira, cerca de Tanaguarena. Ver edificios que durante tantos años formaron parte del paisaje convertidos en escombros fue un golpe muy difícil de asimilar. Sentí tristeza, impotencia y mucha rabia. Rabia porque muchas cosas pudieron prevenirse, porque hay situaciones que escapan de mis manos y porque duele no tener los recursos suficientes para ayudar más. La injusticia pesa, aunque uno sepa que no puede cambiarlo todo.
Hoy domingo cerré la semana haciendo zona 2. Mi plan era una ruta sencilla, pero unas compañeras querían conocer la ruta Country y decidí acompañarlas. Fuimos a un ritmo tranquilo, perfecto para trabajar la frecuencia cardíaca. Como siempre, mi cuerpo hace cosas que pocos entienden: mi pulso baja en las subidas y aumenta en las bajadas. Aun así, logré mantener la intensidad donde debía durante gran parte del recorrido. Verlas disfrutar la ruta también hizo que el entrenamiento tuviera un significado diferente.
Al final, entiendo que la vida se parece mucho a correr. Hay días en los que todo fluye y otros en los que cada paso pesa. Pero mientras siga encontrando paz en la montaña, fuerza en el gimnasio y esperanza en cada kilómetro, sé que voy por el camino correcto.
Porque sí, hay decisiones que duelen… pero también hay decisiones que, aunque duelan, son necesarias.
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