La casa. Un relato ficticio con grandes toques de realidad [esp-eng]

Published on HivePostify by @issymarie2 · Wed Sep 02 2026

Prólogo…

Muchas veces pensé que las cosas ocurrían porque debían ocurrir. Pero cuando se repiten en demasía, comienzan a colarse ideas en la cabeza, de esas que buscan razones sin hallar entendimiento alguno.

​Así ocurrió en mi morada: un día todo estaba bien y al siguiente, patas arriba. Fue entonces cuando la casa misma parecía gritar en su silencio, haciéndose notar en esos crujidos que alguna vez... todos hemos sentido.

​Si estás preparado para leer este pasaje de mi vida, te invito a hacerlo. No obstante, quedas advertido: hay un misterio que jamás te han dicho, y es que las letras también transportan lo desconocido.

La casa

El frío fue lo primero que llegó, como si el invierno hubiese decidido mudarse sin ser invitado, como si no hubiera encontrado el camino de regreso al terminar su estación; se quedó ahí, en las paredes que crujían cada noche, sin falta, sin hora exacta.

​"Así son las casas de madera", decía mi padre ante el crujir de la estructura. Pero en ese sonido había algo más, algo oscuro que nadie quería notar, algo que se alimentaba de la energía de cada miembro bajo este techo.

​Fue paulatino en su actuar: primero un enojo superficial, luego una pelea acalorada, de esas donde los gritos salen como fusiles cargados al máximo, de esas que hacen hervir la sangre, te ponen los ojos saltones y hacen brotar esa particular vena en el cuello que se hincha y palpita, como si el corazón hubiera subido más arriba de lo normal. ​Una batahola donde todos olvidan el parentesco y los improperios o los "trapitos" salen a un sol que ni siquiera ha comenzado a alumbrar.

El punto de inflexión en la batalla más fuerte —curiosamente desatada por un muslo de pollo— fue el proyectil en forma de vaso que pasó rozando la oreja de Alberto, mi hermano mayor. Ocurrió ante la mirada atónita de todos, ya que la ejecutora del acto no era otra que mi madre.

​Tenía los ojos desorbitados, inyectados en sangre, buscando acabar de golpe con la trifulca entre él y Alejandro, mi tercer hermano, quienes discutían por comida habiendo aún bastante en la mesa. Fue ahí donde por fin lo noté: algo verdaderamente extraño y oscuro estaba ocurriendo en esta casa heredada por mi madre.

El silencio por fin apareció, no sin antes dejar todo patas arriba, entre miradas de odio, silencios sepulcrales y puertas que se cerraban de un azote, casi en una reacción en cadena. Mientras tanto, aún en la mesa, mi madre lloraba, mi padre masticaba la molestia ante el actuar de mis hermanos y yo, inmóvil en mi silla, miraba las paredes que extrañamente comenzaban a vibrar.

Fue en esa banal discusión donde empecé a unir los hilos que antes no notaba. Y es que después de cada pelea, fuera la que fuera, siempre acababa yo misma con un dolor de cabeza insoportable; mi salud física decaía sin motivo aparente, pero ahora comenzaba a intuir las razones.

​Prefería omitir opiniones, pues sabía que las rabietas solían durar poco. Sin embargo, ahora eran más extensas: de días pasaron a semanas, y solo rogaba que esta no se prolongara más. Mientras tanto, sentía los huesos congelados y salía al patio a buscar refugio en el sol.

​Mi padre decía que parecía una serpiente buscando el calor por tener la sangre fría, cuando la razón real era tan distinta que ni yo misma la comprendía del todo. No obstante, se me había metido en la cabeza la idea fija de hallar la respuesta a este dilema.

​Miraba la casa desde fuera, la misma que parecía observarme a mí. Siempre se habían reído cuando insinuaba que la estructura tenía un rostro extraño. "Las casas no tienen cara", decían al unísono, mientras yo me quedaba contemplando los ojos de la propiedad: esos ojos que no eran más que las ventanas de la fachada.

​Pasar horas y horas observando, solo contemplando la estructura, queriendo ver aquello que se me escapaba de las manos mientras sentía ese extraño sonido... Porque aun de día, la vivienda crujía. Comprendí entonces que no se trataba de la madera en sí: era el espíritu de la casa queriendo ser notado por una familia que se negaba a ver.

De pronto, todo se volvió oscuridad. Entre el zumbido en mis oídos y la visión distorsionada de la casa inclinándose de costado, simplemente me dejé vencer ante lo inevitable. ​Desperté en mi habitación escuchando el llanto de mi madre, los gritos de mi padre desde el pasillo y a mis hermanos colocando un algodón en mi nariz.

​—¡Despertó! Ya despertó, papá —gritó Alberto mientras mamá intentaba calentar mis manos; las tenía tan frías que parecían dos bloques de hielo. ​Aún estaba aturdida y no entendía nada, hasta que vi cómo me sacaban de la casa mientras me ponían un trapo en la cabeza.

​Llegamos al hospital: un tajo en la cabeza por la caída, la presión por los suelos, anemia y una pérdida de peso severa. La doctora le preguntaba a mi madre una cosa tras otra: que si comía, que si dormía... La respuesta para todo era un "sí" categórico. Yo no hacía dietas y aun así bajaba de peso; no trasnochaba y presentaba cuadros de insomnio. Mi cuerpo se estaba enfermando sin causa médica aparente.

Vi cómo ponían un suero por la vía en mi brazo. Ese líquido parecía energía pura entrando en mi cuerpo: de pronto mis manos volvieron a estar tibias, la taquicardia cedió y hasta sentí hambre y sed. Afuera, en la sala de espera, mis hermanos hablaban como si nada hubiera pasado; era una desintoxicación que nadie más percibía.

Lamentablemente, lo bueno dura poco: ante mi rápida evolución me dieron de alta y regresamos. ​Al llegar me quedé inmóvil en la entrada, hipnotizada mientras sentía cómo el frío volvía a calarme los huesos. Mis pasos se volvieron lentos.

La armonía duró apenas esa noche, en medio de crujidos que no cesaban. ​Pasaron los meses y mi cuerpo se deterioró tanto que los médicos no hallaban explicación. Fue una vecina recién llegada quien notó algo extraño al ver mi casa. Yo estaba afuera tomando el sol, como de costumbre. Ella caminó hasta la entrada, me miró y se inclinó hacia mí.

​—Eres la más fuerte y, al mismo tiempo, la más débil —dijo mientras posaba una mano cálida sobre mi cabeza.

​—¿Cómo? —pregunté, sin entender o sin querer entenderlo aún.

​—Tú ves cosas. Ves la casa de una forma que el resto no puede. Pero, por otro lado, te cargas con la energía ajena, y cuando esta es mala, te destruye —afirmó mirándome fijamente a los ojos.

​Se dio la vuelta y se fue. Me quedé allí sentada, desconcertada, esperándola sin saber por qué. Al cabo de unos minutos, regresó.

​Traía en sus manos una cajita. Dentro había velas de varios colores y unas ramitas de aroma penetrante. Las puso en mis manos y me explicó detalladamente qué hacer y qué día llevarlo a cabo. Dijo que ella no podía cruzar el umbral, porque lo que habitaba la casa no dejaría entrar a nadie más. ​Aquel día era lunes, el inicio de todo.

Guardé la caja como un tesoro que debía usar al día siguiente. ​Llegado el martes me acomodé tal como me indicó: un círculo de velas, yo en el centro, las hierbas encendidas y, ante la vela blanca, un vaso de agua. Sin saber bien cómo, empecé.

​Las lágrimas me corrían por el rostro mientras la casa crujía de forma lastimera. Yo rezaba sin parar. Sentía manos que me empujaban, que me pellizcaban y voces que susurraban cosas aterradoras al oído. Sin embargo, no me detuve. Seguí con fe, soportando el dolor, hasta que de pronto una brisa cálida por fin atravesó la estancia.

​Abrí los ojos. Apagué las velas una a una y dejé solo la blanca. Susurré suavemente las palabras que la anciana me había enseñado: "Si estás ahí, entra a esta agua y cruza el portal; tu alma ya no pertenece a este lado". Tras decirlo, apagué la última llama.

​Desde esa tarde todo cambió. Las peleas cesaron, mi salud regresó y los crujidos se extinguieron. Pero ahora, en la quietud de la noche, vuelvo a escuchar un suave crujir en la estructura... como si aquello estuviera encontrando el camino de vuelta.

English

Foreword…

I have often thought that things happen because they are meant to. But when they happen far too often, certain thoughts begin to creep into your mind – the sort that search for reasons without ever finding any understanding.

​That is what happened in my home: one day everything was fine, and the next, everything was turned upside down. It was then that the house itself seemed to scream in its silence, making its presence felt in those creaks that, at some point… we’ve all felt.

​If you’re ready to read this chapter of my life, I invite you to do so. However, be warned: there’s a mystery you’ve never been told, and that is that words also convey the unknown.

The house

The cold was the first thing to arrive, as if winter had decided to move in uninvited, as if it hadn’t found its way back once its season had ended; it stayed there, in the walls that creaked every night, without fail, at no set time.

​“That’s just how wooden houses are,” my father would say whenever the structure creaked. But there was something else in that sound, something dark that nobody wanted to notice, something that fed on the energy of every member living under this roof.

​Its influence was gradual: first a superficial anger, then a heated row—the sort where shouts ring out like rifles loaded to the brim, the sort that make your blood boil, make your eyes bulge and cause that distinctive vein in your neck to swell and throb, as if your heart had risen higher than usual. A row where everyone forgets their family ties and insults or ‘dirty laundry’ are aired in the sunlight that hasn’t even begun to shine.

The turning point in the fiercest battle — curiously sparked by a chicken thigh — was the glass-shaped projectile that grazed the ear of Alberto, my eldest brother. It happened before everyone’s astonished gaze, as the perpetrator of the act was none other than my mother.

Her eyes were bulging and bloodshot, determined to put a sudden end to the row between him and Alejandro, my third brother, who were arguing over food even though there was still plenty left on the table. It was then that I finally realised it: something truly strange and sinister was happening in this house my mother had inherited.

Silence finally fell, but not before everything had been turned upside down, amidst glances of hatred, deathly silences and doors slamming shut, almost in a chain reaction. Meanwhile, still at the table, my mother was crying, my father was seething with annoyance at my brothers’ behaviour, and I, frozen in my chair, stared at the walls, which were strangely beginning to vibrate.

It was during that trivial argument that I began to piece together the clues I’d previously overlooked. You see, after every row, whatever the cause, I’d always end up with an unbearable headache; my physical health was deteriorating for no apparent reason, but now I was beginning to sense the reasons why.

I preferred to keep my opinions to myself, as I knew that these outbursts usually didn’t last long. However, they were now lasting longer: they went from days to weeks, and I could only pray that this one wouldn’t drag on any longer. Meanwhile, my bones felt frozen, and I went out into the courtyard to seek refuge in the sun.

​My father used to say I looked like a snake seeking warmth because I was cold-blooded, when the real reason was so different that not even I fully understood it. Nevertheless, I had become obsessed with the idea of finding the answer to this dilemma.

​I looked at the house from the outside, the very same house that seemed to be watching me. They had always laughed when I suggested that the building had a strange face. “Houses don’t have faces,” they’d say in unison, whilst I stood gazing at the eyes of the property: those eyes that were nothing more than the windows on the façade.

Spending hours and hours observing, simply gazing at the structure, wanting to see what was slipping through my fingers whilst I heard that strange sound… Because even in broad daylight, the house creaked. I realised then that it wasn’t the wood itself: it was the spirit of the house trying to be noticed by a family that refused to see. Suddenly, everything went dark. Amidst the ringing in my ears and the distorted vision of the house tilting to one side, I simply surrendered to the inevitable. ​I woke up in my bedroom to the sound of my mother’s sobbing, my father’s shouts from the corridor and my siblings placing a piece of cotton wool over my nose.

‘She’s awake! She’s awake now, Dad,’ shouted Alberto whilst Mum tried to warm my hands; they were so cold they felt like two blocks of ice. ​I was still dazed and didn’t understand a thing, until I saw them carrying me out of the house whilst they put a cloth over my head.

​We arrived at the hospital: a gash on my head from the fall, rock-bottom blood pressure, anaemia and severe weight loss. The doctor asked my mum one question after another: whether I was eating, whether I was sleeping… The answer to everything was a categorical ‘yes’. I wasn’t on a diet and yet I was losing weight; I didn’t stay up late and yet I was suffering from insomnia. My body was falling ill for no apparent medical reason.

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