Relato: Una revelación peligrosa
Published on HivePostify by @vickaboleyn · Tue Aug 25 2026
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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: [Pexels](https://www.pexels.com/es-es/foto/blanco-y-negro-naturaleza-muerta-escala-de-grises-pistola-13398436/)
Cuando Hipatia aceptó trabajar como secretaria del exigente Alejandro Bartolomé, se había preparado para un ambiente competitivo, exigente, y hasta dramático. Se había preparado para soportar toda clase de inconveniencias relacionadas con el cargo con tal de que le pagaran ese fabuloso sueldo que colocaron en las bolsas de trabajo.
Pero nada la preparó para presenciar un asesinato en público, mucho menos si la víctima era uno de los socios de su jefe y el victimario... Su propio jefe, quien tenía una pistola en una de sus manos.
Se suponía que era una reunión de negocios en un lujoso hotel de la capital del país. Era apenas la segunda semana de trabajo para Hipatia, quien estaba adaptándose a su nuevo entorno; los primeros días eran tranquilos, relajantes, repletas de llamadas telefónicas, reuniones y poco tiempo libre. Era lo que Hipatia consideraba lo esperado en un empleo como el que tenía.
Hasta esa noche, cuando el señor Bartolomé le pidió que fuera a recepción y pidiera a las agentes del hotel que pidiera un vehículo discreto para marcharse del hotel en diez minutos. Las muchachas del front desk, hábiles en su trabajo, pronto consiguieron un vehículo de transporte que llegaría en cinco minutos. Hipatia, contenta con la eficiencia de las muchachas, regresó a la zona privada del restaurante del hotel para informar a su jefe.
"Oh, por..."
"¡Ven, rápido!", la interrumpió Alejandro Bartolomé mientras la tomaba del brazo.
"P-p-pero..."
"¡Ven!"
Hipatia y su jefe caminaron deprisa por los pasillos. Bartolomé le pidió que actuara con naturalidad, a lo que una temerosa Hipatia obedeció sin protestas. Cuando entraron al vehículo, Bartolomé dio una dirección que no era el hotel en donde se hospedaban.
El viaje duró veinte minutos de silencio incómodo, dudas y miedo. Hipatia no se atrevió a preguntarle a su jefe. No quería morir en una ciudad desconocida, a manos de un sujeto que apenas conocía. Bartolomé, por su parte, había sacado de su saco un celular rudimentario. Marcando un número telefónico, esperó a que le contestaran.
"Soy yo. La reunión fue un rotundo fracaso. El cliente no pudo asistir por circunstancias ajenas a su control, y la competencia estaba ahí. Su representante reaccionó de forma incivilizada... Además, viene conmigo Hipatia... Ella no vio nada... Por eso la estoy trayendo conmigo a la casa. Bien, nos vemos allá".
Volviéndose hacia Hipatia, tomó la mano de la mujer y le dijo en voz baja: "Cuando lleguemos, te lo explicaré. Por ahora, no digas nada".
Hipatia asintió, interpretando el gesto de Bartolomé como una amenaza sutil. Bartolomé, con seriedad, apartó su mano y desvió su mirada hacia la ventana.
Hipatia sintió el impulso de abrir la puerta y lanzarse del automóvil, pero tampoco quería morir debajo de las llantas de algún vehículo o que le dispararan. Pensó que quizás el taxista la podría auxiliar, ¿pero cómo? Bartolomé la podría matar ahí mismo, y después al pobre taxista, quien solo estaba trabajando para llevar el sustento a casa.
Cinco minutos después, llegaron a una casa en apariencia abandonada. Bartolomé le ordenó que bajara y que permaneciera junto a él durante todo ese tiempo.
Subieron por las escaleras de la casa. La puerta se abrió apenas Bartolomé diera tres golpes. "Entra. Rápido", le dijo a Hipatia mientras miraba para ambos lados antes de seguirla.
Atravesaron una sala cubierta de telarañas y llegaron a unas escaleras de caracol, por donde ascendieron a la planta alta. Al fondo se encontraba una puerta de madera, a la cual Bartolomé golpeó tres veces. Un sonido proveniente del otro lado indicó que se podía acceder.
Lo que Hipatia vio parecía sacada de una película de espías: Escritorios repletos de papeles, ventanas tapizadas, gente al teléfono, imágenes de cámaras de seguridad.
"Joder... ¿En qué puto lío me metí?", musitó Hipatia mientras Bartolomé la tomaba suavemente del brazo y la escoltaba hacia una oficina que se encontraba al fondo de la estancia.
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La oficina a la que entraron tenía la pinta de ser un espacio ordinario: archiveros viejos, montañas de carpetas, un escritorio de madera con su protector de cristal y una luz apenas que apenas podía iluminar el espacio.
Bartolomé le ofreció a Hipatia un asiento. Luego le ofreció un café sin azúcar; el amargor del líquido fue un recordatorio para Hipatia de que se encontraba en una situación muy fuera de lo común.
"No sé qué está pasando, mucho menos quiero saberlo. Juro por todo lo sagrado para mí que no diré nada", dijo Hipatia.
Bartolomé, quien estaba de pie frente a ella, sonrió con poco humor. "Sé que no lo harás. Eres demasiado sensata para hacerlo... Pero como eres testigo, y probablemente te hayan visto conmigo, es mejor que sepas en lo que estás metida".
Tomando una de las carpetas que estaba sobre la mesa, la abrió y se la entregó a Hipatia. En la primera hoja estaba la fotografía de un hombre de barba oscura, ojos oscuros y cabellera negra. "¿Reconoces a ese hombre?", le preguntó Bartolomé.
"Imposible no reconocerlo. Su nombre es Rafael Montero, empresario de la industria de la radio y la televisión, una figura polémica por sus supuestos vínculos con el narcotráfico. Fue a la oficina hace unos días para unas negociaciones. Quería comprar los derechos de autor de un libro escrito por una de sus autoras noveles", respondió la joven con certeza.
"Excepto que la negociación no fue por una compra. Fue por información".
Hipatia miró a Bartolomé con extrañeza. Bartolomé añadió: "Montero era uno de nuestros informantes. A cambio de reducir su sentencia de 30 años en prisión, se ofreció a trabajar con nosotros. Ni mi jefe ni yo le creímos una sola palabra, al contrario de otros".
"Uhmmm... ¿Y eso justifica que lo matara de manera pública en un hotel?"
Con acidez, Bartolomé se separó de la mesa. Hipatia no se movió; lo miró fijamente a los ojos, intentando pensar en cómo salir de ese lugar con vida.
Al ponerse de cuclillas frente a ella, Bartolomé le dijo en voz baja: "Si fuera el verdadero Rafael Montero, sería injustificable para la misión. Pero el occiso no era Montero. Era alguien con su rostro".
Hipatia guardó silencio un momento. "¿Cómo saberlo?", murmuró.
"Cuando estás entre serpientes, aprendes a identificar sus costumbres. Es la naturaleza de este trabajo".
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