Estoy escribiendo mi primera novela.
Published on HivePostify by @williamvc95 · Sat Aug 29 2026
¡Hola comunidad! Hace mes y medio estoy escribiendo una noveleta: una historia corta que gritaba por salir al mundo. Necesitaba purgarla de mí. No sé si es una mierda o es una buena idea. Así que pensé compartirla con ustedes de a fragmentos todas las semanas. Se llama "Belami" , es una expresión francesa que significa "chico hermoso". ¿De qué se trata? Bueno lean ustedes y juzguen, tal vez la hallen caotica como la vida misma. OJO: es un borrador. Ténganme paciencia y sean indulgentes.
Belami Parte 1 ¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Isaías 14.12 00:00:00 He decidido no tener hijos. Hasta la fecha de hoy en que comienzo este embrollo, pospuse siempre lo de sembrar un árbol. Pensándolo bien, cuando salga de aquí compraré una maceta y algo de abono, porque tampoco me queda tiempo para escribir un libro. Me contentaré entonces con ser “medio hombre”. Llegaré a casa con mi pre-árbol y prepararé la tierrita. Lo que siembre me da igual. Al menos es mejor llegar a medio-hombre que no serlo para nada, si seguimos la norma de José Martí. Al fin de cuentas siempre he estado así: a la mitad, con mis deseos en el medio de la encrucijada; atravesados desde el minuto cero en que vine a la existencia. Cuando mi padre llamó para contar cómo había sucedido, sentí entonces las aguas caer sobre mí en una especie de enorme ola contenida en palabras. Tu madre se quitó la vida, dijo… la muy hija de puta… esto no lo dijo, pero sé bien que lo pensó. Tu madre se quitó la vida; ven pronto a casa. Todavía me quedan dos horas, contesté en medio del salón, mirando a todas partes con miedo de ser sorprendido con el teléfono en la mano. “No se puede usar el teléfono mientras hay clientes”, repite el jefe todos los días. Deslicé el móvil sobre el bolsillo del smoquin, presioné más las yemas de los dedos sobre la fría bandeja y, con una mano en la espalda, proseguí el rumbo entre los comensales del salón encerado cuyas arañas de cristal, colgadas del techo, arrojaban hilos de luz ambarina. Me adentré en la marea humana: yo, un pequeño bote sobre las salvajes aguas de la vida.
00:00:30 Se supone que debo comenzar por el principio, pero ¿hasta dónde considerar lo que sería el principio? Nadie te dice exactamente las reglas del juego una vez que abres los ojos; te arrojan desde la vagina de una mujer y a resolvértelas. Quizás por eso odio tanto a los coños. Como no se sabe dónde realmente empiezan las cosas, omitiré mi nacimiento y cómo me criaron. Esto no es una biografía. Solo la gente importante tiene biografías. Yo no soy importante, problemático sí, pero no importante. Si grabo mis memorias es porque la larga espera ante la puerta enfrente de mí me permite tener miedo. Y no, no hago trampa. Escribir un libro no es lo mismo que grabar en el teléfono. Que alguien después plasme todo esto en el papel para ser leído es otra cosa. Igual, ¿quién se molestaría? Soy otro medio-hombre más, sentado en un espacioso salón a la espera de su turno. Temo que abran, que pronuncien mi nombre desde el otro lado. Es horrible escuchar tu nombre mientras esperas en una sala como esta. Así que Marni me dijo que cogiera el teléfono y me pusiera a hablar. Así te evitas el de tirarte frente a un carro cuando salgamoss de aquí, me dijo Marni en plan jocoso. Creo que no debí pedirle que me acompañara. Comenzaré a grabar desde el día en que estaba en el momento y lugar equivocados. Me hallaba en la barbacoa de nuestra casa, aprendiendo el Salmo 23 junto a mi hermano. La verdad es que mi hermano me estaba “embutiendo” aquel Salmo. Pepe, ¿por qué siempre te saltas el “confortará mi alma”?, reñía Natanael. Primero va eso y luego “me guiará por sendas de justicia”, no al revés. Más burro que el burro de Balaam, ¡imposible! ¿Qué más da? me quejaba por el pescozón. ¿Hay qué decirlo en ese orden? Mi hermano asentía con fuerza. Algo que nunca entendí (ni entenderé) era su fácil disposición a aceptar todo lo que papá le enseñaba como verdad. A mí me gustaba la Biblia, pero a mi edad más me gustaba jugar atari o salir corriendo luego de tocar el timbre de los vecinos sin tiempo a escuchar un “¡condenados muchachos del carajo!”. A mí nunca me cogían. Hacerlo equivaldría a mi pena de muerte, el fusilamiento público. A los demás muchachos sí, pero a mí, jamás. No sé si fue suerte o el mismo Dios quien, por lástima, evitaba meterme en la candela. Que el hijo del pastor de la iglesia sea sorprendido en semejante felonía ¡ufff, la gorda! Por eso aunque no me gustaba, hacía lo posible por seguirle el ritmo a las lecciones bíblicas con Natanael, mi mentor; el Señor y yo teníamos ese pacto no firmado. Después de tres cocotazos más logré confortar mi alma antes de ser guiado por la justicia. Natanael dijo que por hoy era suficiente, entonces dimos por zanjado el tema del Salmo 23; al menos hasta el momento. Mi hermano bajó a merendar. En cambio, yo me quedé arriba, recostado en la cama en especie de soñolencia. Rápido me desperecé porque había recordado que Manolín nos había dicho que esa tarde íbamos al río. Sobra decir que yo iría a espaldas de mis padres. Así que me acerqué a la ventana que daba al patio a observar los mangos de la vieja Acela. El plan era tumbar alguno para luego llevarlo de merienda. Ninguno mudó su verde. Sin embargo, terminé descubriendo dos cosas que lo cambiarían todo. La primera fue notar que desde los altos de la barbacoa se vislumbraba parte del baño de la casa contigua a la nuestra, el cual estaba apostado a la izquierda del muro separador entre los mangos de la vecina y nuestra propiedad. Rarísimo no haberme fijado antes. Bueno, asomarme a espiar patios no era parte de mi rutina. Se hizo la luz en aquella grieta, dejando a la vista el cuadriculado blanco de las losetas, montadas todas sobre el azul de la pared. Entonces entró él. Ismael, “el bonitillo” como solía decirle mami. El que salía o entraba siempre con una chica distinta. A ese trigueño no le duraban mucho las novias. Como vivía al lado nuestro, siempre lo veíamos salir; abofetearnos con su perfume carísimo, su ropa fina, sus 1.80 y la cara de modelo, toda perfecta ella con cada cosa en su lugar. Mi hermano decía que era un chulo. Lo decía al mirar sus cuatro cadenas de oro. ¿Qué es un chulo? pregunté a papá un día mientras cenábamos. Mi madre se rio bajito al tiempo que el hombre que me dio la vida masticaba con lentitud el bistec. “Es un hombre que tiene muchas mujeres. Un prostituto” me dijo serio. Ese mismo día Natanael metió mi cabeza en agua durante uno o dos minutos. Fue la primera vez que percibí que, en casa, no todo venía desde el púlpito o las charlas bíblicas familiares. Pues sí, Israel había entrado al baño. Sin camisa. Unos pectorales soberbios, adornados con el dibujo de un rojizo corazón de espinas a la derecha del pecho. Los pezones erguidos en un perfecto círculo rosáceo. Volvió a mi cabeza la salida al río con Manolín y los otros. Pero yo no me movía del sitio. Era como si un imán invisible me fijara allí, concentrando toda mi atención en aquel muchacho una década más arriba que se medía con los ojos los brazos, palpándoselos. ¡Qué distinto era a los hombres de mi casa! Su piel tan lisa contrastaba a los zurcos arrugados en la de mi padre. Irradiaba una presencia que mi hermano, aun en sus diecisiete, no tenía y sobre todo las curvas delineadas, ausentes en todos los cuerpos que yacían bajo nuestro techo. Una vez vi una imagen del David de Miguel Angel que me sorprendió de forma extraña. Al compararme en el espejo, mi cuerpo todo enclenque, mi piel blanquecina, lechosa, diría que casi femenina, me hicieron sentir un bicho raro. Ver el dorso de mi vecino me recordó aquella sensación. Mi corazón dio un vuelco cuando se agachó para quitarse el short. A la prenda le siguió unos boxers negros, ajustados. Comencé a respirar con dificultad. Me pegaba más a la rendija de la ventana. Mientras su calzoncillo le bajaba por las piernas, algo subía entre las mías. Ismael quedó parado allí como mismo había venido al mundo. Claro, en una versión mejorada al cuadrado. En su desnudez, sentí el corazón a millón. Jamás había visto a alguien desnudo. Entendí que lo duro entre mis piernas era aquello flácido entre las suyas. No era el sexo del David de mi foto ni el esbozo de mi libro de Biología que a papá le causaba espanto con un “mira para allá lo que le enseñan a estos chiquillos”. Era alargado, carnoso, pendiendo de dos bultos igual de rosados que su tetilla. Mi vecino lo tomó con una mano y orinó. En aquel chorro se perdieron mis ojos. Cuando lo sacudió, esa cosa parecía tener vida. Por un momento creí romper las persianas de madera al pegarme tanto. Mi boca, entreabierta; mis ojos clavados en el cuadro frente a mí. Luego vino el primer balde de agua y después otro. Comenzó a enjabonarse la piel que ahora se me hacía del color de la cremas de leche, lo que más amarilla y provocativa. Cerraba sus ojos mientras paseaba el jabón entre los pectorales, sus brazos, el abdomen. Se detuvo allí, en su sexo. Lo agarró con una mano mientras con la otra se pasaba el jabón. Entonces, con los ojos cerrados y un morder de labios, Ismael sacudió su pene de forma rítmica, con movimientos hacia delante y atrás. La bestia parecía responder a sus embestidas. Fue irguiéndose hasta encumbrarse. Me pregunté si le dolía tanto como a mí en ese momento en que temí que se me cayera al piso por tanta tiesura. Maquinalmente, imité sus gestos y en un vaivén de movimientos, especie de sinergia oculta a los dos desde nuestro sitio, pero latente, fuimos combinando la velocidad del placer con la premura presente. Él se apoyó a la pared; yo, a mi ventana indiscreta. Contrajo los pies, abrió su boca, cara al techo. Su brazo se movía en piloto automático. Agarró la boa con ambas manos, sobándola, estrangulándola. La boa iba y venía, asomando su rosada cabeza, su hendido ojo de cíclope .Yo agitaba mi pequeña culebra, apercibido de los ríos que corrían con violencia bajo la piel de mi pelvis. Los dos reptiles se impulsaban con rapidez como en especie de competencia, a ver quién saltaba más lejos. Finalmente, la que pertenecía a Ismael vomitó un chorro blanquecino, espeso, disparado a quemarropa contra la nada. Mi vecino gruñó con los ojos cerrados, apoyado en la pared. Trataba de calmar su respiración tanto como yo la mía. Algo había salido también de mí. Lo había hecho mientras engarrotaba los dedos de mis pies descalzos, encorvándome hacia delante; un mover de ríos internos que irrumpen con fuerza contra mi vejiga. Pero ho había agua en mí. La baba entre mis dedos, en cambio, me convenció de cosas indescifrables para las palabras. Ese líquido expulsado por mí fue el denominador común de un futuro que empezaba allí, detrás de la ventana indiscreta de mi barbacoa, ligado para siempre a ese pedazo de baño donde un David de carne y hueso reposaba, arrimado a las losetas, sin saberse muso, dios y verdugo de un adolescente perdido.
Continuará el sábado 5 de septiembre, Dios mediante...
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